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jueves, 29 de junio de 2017

NOBURO - JOSE SANCHIS MEZQUITA

Despertó de manera brusca, violenta, sin respuestas. De inmediato comenzó a toser y escupir agua como si no hubiese un mañana. Durante unos instantes pensó que iba a ahogarse, aunque por suerte para ella no fue así. Recuperó el control de sí misma poco a poco, inspiró y expiró con calma hasta que su respiración se regularizó recuperando a ritmo normal.
Continuó unos instantes tumbada sobre el arenoso suelo. Dejó que sus sentidos se asentaran mientras notaba como el agua iba y venía.
«Una playa», pensó.
Se incorporó con fuerza golpeándose la frente con algo sólido. El impacto la devolvió al suelo, dejándola tumbada, entretanto se agarraba la parte dolorida.
—¡Por todos los dioses de arriba y de abajo! —maldijo entre gritos—. ¿Qué me ha golpeado? —preguntó frotándose la frente.
Levantó las manos y tanteó a oscuras buscando el motivo de su dolor de cabeza. Descubrió unas barras, que por su tacto parecían de madera, que formaban una especie de techo tan bajo que tan solo le permitían estar tumbada.
De repente se dio cuenta de que algo le faltaba.
—¡Atah! ¡Atah! —gritó—. ¿Dónde estás? ¡Atah!
La única respuesta que obtuvo fue el sonido de las olas rompiendo en la costa y llegando hasta ella en forma de líquido mensajero.
—¡Atah! —repitió con tono lastimero.
La desesperación y el miedo se apoderaron de Sansha. No sabía dónde se encontraba o cómo había llegado estuviese donde estuviese. Pero sobre todo no sabía dónde estaba Atah. La perrita no se habría alejado de su lado por voluntad propia, algo debía haberle ocurrido. Algo malo.
—¡Atah! —susurró entre gimoteos.
Detuvo su lastimera autocomplacencia y rebuscó en su interior. Lo encontró y volvió a tantear su alrededor en busca de una salida. Decidió volver a lo que conocía; los tablones del techo. Alzó las manos y desde un cenit perpendicular a su pecho, deslizó la palma por el madero descendiendo por el lateral hasta tocar la arena que se extendía por el suelo. Una llama de esperanza se encendió en su interior y repitió el mismo procedimiento por el otro lado.
—¡Una balsa! —exclamó—. Estoy debajo de una balsa volcada.
El descubrimiento le devolvió las fuerzas perdidas. Con renovada decisión y algo de maña alzó uno de los laterales al tiempo que se deslizó por debajo de uno de los costados. La clara luz de la luna le dio la bienvenida acogiéndola en una reveladora noche. El nacarado astro, grande, completo y cercano iluminaba casi tanto como el sol de mediodía. Ahora podía ver con claridad dónde se encontraba. Sí que estaba en una playa, junto a una balsa que descansaba boca arriba mostrando su panza al estrellado cielo.
No reconoció el lugar, pero sí el bastón que permanecía semienterrado a escasos metros de ella. Era su cayado, con el emblema del clan Noburo. Su clan. El orgullo afloró en su interior.
Por extraño que pareciese, la sensación de abrazar aquella arma entre sus manos, le confirió tal seguridad que de inmediato se encontró preparada para enfrentarse a cualquier adversidad.
Ahora sabía qué debía hacer.

—¡Atah! —bramó al cielo—. Estés, dónde estés voy a encontrarte y nada ni nadie va a detenerme —sentenció.


Texto: Jose Sanchis Mezquita
Imagen: Pixabay